Óssos... Osos... Bears, per Rita Gómez

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Working with animals: un mes con los ojos de anteojos
Escrit per Rita   
dissabte, 1 de desembre de 2007 17:44


Era la primavera del 2006 cuando leí la noticia de que negros nubarrones oscurecían y amenazaban la supervivencia de la única especie de osos que vive en el hemisferio sur, el oso de anteojos o Tremarctos ornatus. La deforestación salvaje, la caza furtiva para comerciar con sus partes y la escasa protección de su hábitat estaban llevando a la especie hacia un punto de no retorno.

Muchas ONGs y muchos grupos defensores de la fauna salvaje trabajaban y trabajan muy duro en pro de los osos andinos, por su futuro. Me pregunté si podría contactar con alguna de esas organizaciones y si habría posibilidad de poder colaborar en lo que fuera.

A través de Internet encontré diversas reservas y refugios en Perú, en Ecuador, en Venezuela y en Colombia que trabajaban en la preservación del hábitat y de los osos andinos y que ofrecían diferentes proyectos de voluntariado.

De todos ellos me llamó especialmente la atención un santuario animal en Ecuador, en la Avenida de los Volcanes, cerca del Cotopaxi, que se dedicaba a rescatar y reinsertar, si se podía, animales que habían sido víctimas de mil tropelías (maltrato, tráfico ilegal de especies, heridas por arma de fuego, abandono de oseznos…). Se trataba del Centro de Rescate de Fauna Silvestre Hacienda Santa Martha, y de entre la larga lista de animales rescatados (loros, monos araña, galápagos, osos perezosos, iguanas, tigrillos, guacamayos, monos capuchinos, monos chorongos, pumas y jaguares), me sorprendió gratamente ver que también trabajaban con osos de anteojos.

Pensé que era mi gran oportunidad para ver de cerca y conocer estos animales fantásticos, así que decidí dedicar un mes de mis vacaciones al ecovoluntariado y colaborar con el proyecto que Johnny Córdova y Brenda Castillo habían puesto en marcha hacía ya algunos años.

Conseguí convencer a un compañero de claustro para que se apuntara también al proyecto oso de anteojos en el Ecuador, y una vez todo decidido nos pusimos en contacto con el coordinador de voluntarios de Santa Martha y decidimos las fechas que viajaríamos y las semanas de voluntariado. El 16 de julio volamos hasta Quito, donde nos quedamos tres días, para aclimatarnos a la altura y para conocer algunas zonas del norte del Ecuador a las que desde Tambillo no podríamos acceder. Visitamos lugares emblemáticos como Guayllabamba, Cayambe, Imbabura, el Parque Arqueológico de Investigación Científica, Otavalo, al Museo Intiñán (latitud 00º 00’ 00’’), el cráter del Pululahua, Pucará de Rumicucho, y también recorrimos una parte de Quito, la inmensa capital ecuatoriana, sobre todo su centro colonial y algunos de sus museos.

El 19 de julio nos dirigimos a Tambillo y un taxi local nos llevó hasta el Refugio de Fauna Salvaje.

La Hacienda Santa Martha está situada en un lugar muy bello, entre montañas y valles verdes, rodeada de volcanes. La propiedad se extiende por más de 60 Ha. y tiene tres o cuatro edificaciones aisladas. La casa principal, que es la de Joohny y Brenda, las 2 casas de los voluntarios y otra vivienda aislada donde vive una familia que ayuda en la explotación lechera que es la actividad principal de la finca y donde nos alojamos nosotros, en una planta independiente.

Lion, el responsable del proyecto de recuperación de la fauna, nos enseñó el centro de rescate, nos contó historias muy tristes sobre muchos de los animales adoptados (decomisados de circos que los maltrataban, de zoos infectos que no se ocupaban de ellos, heridos por armas de fuego, secuestrados como mascotas…) y nos condujo a la jaula del pequeño oso de anteojos que hacía escasamente un mes habían rescatado de una familia que decía que lo habían encontrado abandonado (explicación que nunca es cierta, porque las madres osas salvajes jamás abandonan a sus pequeños) y al que alimentaban con café con leche y pan duro… El animal había llegado al centro con la policía judicial de medio ambiente, después de una denuncia anónima. Su estado era de desnutrición absoluta y con graves problemas intestinales.

Después de un mes de atenciones, el osezno se estaba recuperando y me encantó seguir su evolución y ver su mejoría en el tiempo que estuve allí. En una jaula mayor había una osa de anteojos de dos o tres años de edad. La habían rescatado de un restaurante donde la tenían en una jaula de reducidas dimensiones, y había desarrollado una conducta obsesiva con movimientos repetidos de cabeza y cuello. Era un animal que no podría reintroducirse jamás en su hábitat. Así que estaban gestionando el traslado de la osa al Zoo de Quito para poder acoger otro osezno que iban a decomisar.

Los días transcurrieron llenos de ocupaciones muy diversas y colaborando en todas las tareas programadas en una pizarra que cada mañana Lion se ocupaba de poner al día. Las jaulas se limpiaban mañana y tarde, cada mañana se preparaba la comida de todos los animales (una labor que ocupaba a 4 o 5 personas 2 o 3 horas cada día), se repartía, y también se revisaba el estado de salud de todos los acogidos, atendiendo especialmente a los animales que estaban en la enfermería. Seguíamos al mediodía recolectando comida fresca para los herbívoros, capturando grillos para los monos, desinfectando las jaulas de los que ya no estaban, reparando lo que se estropeaba, cavando una fosa para echar toda la materia orgánica para hacer compost, y adecentando y arreglando jaulas para los animales que cada día llegaban, tristemente.

Algunos animales fueron liberados, entre otros un águila espléndida que había estado atada a un palo muchos meses y a la que hubo que reeducarla para volar libre y cazar de nuevo.

Algunos murieron estando nosotros allí, por ejemplo un loro verde y una tortuga a la que sus “propietarios” habían pintado el caparazón como una pelota de fútbol y que no pudo ser recuperada por el veterinario.

Otros llegaron en estado penoso, como cuatro leones decomisados de un circo ambulante que los tenía semiabandonados y encerrados en un furgón de 10 m2. A las 6 de la tarde acabábamos las tareas y disponíamos de un rato para leer, escuchar música y hablar por teléfono con las familias. Preparábamos la cena y después, sentados en un porche muy agradable, podíamos charlar hasta que quisiéramos. Aunque no solia ser demasiado tarde, porque teníamos que madrugar.

Todos los detalles sobre el funcionamiento del Refugio, la labor de los voluntarios, fotos de las instalaciones y otras informaciones más prácticas pueden consultarse en www.santamartharescue.org

Un aparte especial merece la propietaria del centro, Brenda Castillo, la verdadera alma del proyecto de recuperación de fauna salvaje.

Su amor por todos los animales es único. Su trabajo en pro de todos ellos, pero especialmente de los osos de anteojos, se refleja en una serie de historias que me contó y que yo ahora transcribo.

El primer oso que llegó a Santa Martha fue bautizado como Pepito. Era un subadulto de tres años que pertenecía ilícitamente a un circo ambulante de Ambato y que fue decomisado y rescatado de la casa de sus “propietarios”.

Se le sedó y fue trasladado al Refugio. Una vez en Santa Martha se procedió a tomar muestras para todo tipo de análisis y a registrar todas sus medidas taxonómicas (garras, orejas, palmas de las manos y de los pies) y se constató que medía 1.53 m de punta de hocico a cola y pesaba sólo 52 kilos.

Como estaba sedado se aprovechó para sacarle el collar que lo mantenía cautivo a una cadena de 2 metros atada en la esquina de un patio de un cobertizo sucio, maloliente y lleno de humedades. El collar era muy grueso y estaba asegurado con tornillos y tuercas, para que jamás pudiera quitárselo.

Lo dejaron en un recinto especialmente preparado y cuando el oso despertó pudo disfrutar por primera vez de la sensación de caminar libre por donde quería. Brenda entró a verle. Pepito se le acercó y le tocó la pierna con su zarpa. Luego se desplazó hasta un árbol que formaba parte de su nuevo entorno y el pobre animal lo tocó por primera vez en su vida. Su instinto le hizo trepar por él unos 30 cm. Poco a poco fue aprendiendo a subir y a bajar del árbol y fue recuperándose de todos los traumas físicos y psicológicos sufridos.

Empezó a comer alimentos que le eran necesarios y que nunca había probado, a los que les añadieron vitaminas y minerales. Pepito se recuperó totalmente y fue trasladado a otra reserva en la población de Baños, con un peso de 105 kg y una estatura de hocico a cola de 1,73 m. desde donde iba a ser liberado unos meses después.

Rosita era un cachorro de oso de anteojos del que alguien denunció su venta a una hostería y su lamentable situación, encadenada dentro de una jaula sucia, en pésimas condiciones físicas e higiénicas. Trasladada a una clínica veterinaria se comprobó que sufría deshidratación, diarrea persistente de origen infeccioso y graves deficiencias minerales y de alimentación.

Nadie apostaba por su supervivencia, pero una vez en Santa Martha, Brenda empezó a darle unas papillas de maicena con manzana, zanahoria, leche y vitaminas y poco a poco Rosita fue recuperándose y mejorando sensiblemente su salud y su aspecto. Creció y su alimentación fue adaptándose a la de los adultos e incorporando avena, frutas variadas, maíz y un poco de aceite para que su pelo sea brillante.

Después de una experiencia desagradable, porque unos desconocidos entraron en la reserva, robaron un cachorro de oso, y Rosita se escapó y estuvo 15 días perdida, pudieron recuperarla y seguir su preparación para ser liberada en una reserva.

Se le instalará un collar de telemetría y durante 36 meses podrá seguirse su vida en libertad y así aprender más de los osos de anteojos que son reintroducidos en su medio natural, del que nunca deberían haber salido.

Gaby y Leo eran dos ositos huérfanos que llegaron a Santa Martha rescatados de una comunidad indígena que los tenía después de haber asesinado a su madre para robarle los bebés y usarlos de reclamo para atraer el turismo hacia esa zona. No tenían más de dos meses y estaban en unas condiciones lamentables, también. Brenda, que ya tenía experiencia en el manejo de bebés de oso andino, empezó a prepararles biberones que tomaban 4 veces al día y que contenían una papilla de leche con cereales, porque aún no tenían dientes. Descansaban aproximadamente unas 20 horas al día y se habituaron a los horarios de comida. A los 4 meses intentó darles alimentos sólidos pero aún no era el momento. A los 6 meses y medio comenzaron a masticar porque ya tenían los primeros molares.

Para Brenda fue una gran experiencia cuidar de estos dos cachorros, puesto que pudo observar el comportamiento de los dos hermanos al crecer. Siempre hay un hermano más fuerte y es el que “manda” en comida, fuerza y control de la situación. A los 10 meses abandonaron la casa familiar, donde habían vivido, y fueron trasladados a un recinto exterior donde vivía Rosita, que los adoptó y les hizo de madre. El instinto maternal de la osa quedó reflejado en esa actitud protectora y paciente ante los juegos de los dos cachorros.

También Leo y Gaby tendrán un día la posibilidad de regresar a su mundo natural, puesto que se les va incorporando a su dieta el bambú del Ecuador y las bromelias y se les va preparando para su destino como osos de anteojos libres.

Beto llegó a Santa Martha procedente del norte del Ecuador, donde una familia que aseguraba “haber encontrado” al oso bebé cerca de una chanchera (chancho=cerdo) cuando tenía un mes lo “había adoptado” y lo había cuidado dándole leche.

Personada la policía no opusieron ninguna resistencia y lo entregaron de buen grado puesto que el bebé había crecido y hacía muchas travesuras. El animal no estaba en mal estado pero presentaba comportamientos diferentes al de los otros 4 osos que Brenda había criado hasta entonces. Seguramente había sido maltratado y golpeado, porque se enfadaba muy fácilmente con las personas, mordía y tenía un carácter difícil. Pronto fue pasado al recinto grande, con los otros osos, donde finalmente todos llegaron a congeniar.

Beto fue el oso robado de las instalaciones de Santa Martha.Después de una actuación policial muy eficiente pudo ser recuperado gracias a poder ser identificado por las marcas de su cara, que son únicas e irrepetibles en todos los osos. Unos vecinos dijeron que “había aparecido” en su casa el oso y pedían por él 100$. El bebé pudo ser recuperado y tuvo que ser atendido médicamente porque presentaba un machetazo de unos 18 cm que tuvo que ser suturado y se le tuvo que administrar antibióticos para evitar cualquier tipo de infección. La Fiscalía empezó una investigación del delito y el pertinente procedimiento legal.

Beto sigue creciendo y Brenda trabaja por su futuro.

Lástima que Ecuador y Santa Martha estén tan lejos geográficamente. Porque una de las cosas que más me gustaría en la vida es poder ir todos los fines de semana a ayudar a Brenda con sus bichos, con sus osos de anteojos, con su vocación tan inquebrantable como encomiable.

Darrera actualització de divendres, 13 de febrer de 2009 13:54
 

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