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El pasado 16 de marzo los rayos caídos en una tormenta eléctrica sobre los cerros de la serranía de El Burro, al norte de Coahuila (México) fueron el detonador de una catástrofe devastadora que cuando acabó, un mes después, había dejado tras si más de doscientas mil hectáreas calcinadas y pérdidas incalculables sobre la flora y la fauna de la zona.
Las sierras afectadas son el hábitat de especies protegidas como el ciervo de cola blanca o ciervo de Virginia (Odocoileus virginianus) y el oso negro americano (Ursus americanus), cuya población se ha visto drásticamente reducida por la caza salvaje a la que fue sometido y por la fragmentación de su hábitat.
De haber sido el rey de los bosques templados mixtos de pinos y encinas de la Sierra Madre Occidental y la Oriental, el oso negro mexicano se ha visto relegado a vivir en un 30% de su antiguo hábitat y, aunque el estado actual de sus poblaciones no se ha estudiado científicamente, sí que es manifiesta la grave recesión de la especie.
El oso negro se encuentra incluido en el Apéndice II de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies de Flora y Fauna Silvestres (CITES) como una especie amenazada a la que es necesario proteger adecuadamente.
México legisló en el 2001 sobre la protección de especies nativas, considerando solamente en peligro de extinción a la subespecie Ursus americanus eremicus, la que vive en las sierras de El Burro, devastadas en el reciente incendio forestal.
Esta especial protección y la cada día mayor sensibilización por parte de la mayoría de los habitantes de estos valles explican que en los últimos meses unos cuantos ejemplares de osos negros desnutridos, hambrientos y a veces heridos se hayan aventurado a acercarse a núcleos poblados en busca de alimento y que hayan tenido que ser capturados y trasladados a centros especiales mientras se les atiende y se decide cuál tiene que ser su futuro.
Poco después de sofocado el incendio, agentes forestales encontraron un oso negro con quemaduras en las patas. Pudo ser rescatado y atendido de sus heridas.
En abril, un campesino encontró a cuatro oseznos de aproximadamente dos meses bajo unas matas. Sin su madre y la providencial intervención humana hubieran muerto inexorablemente. Los animales fueron trasladados a un centro para su cuidado y mantenimiento.
En Junio, otro oso que huyó de los incendios fue acusado de atacar el ganado de un rancho pudo ser capturado y trasladado a un zoológico.
En Julio un ejemplar de oso negro entró en el recinto que tiene la fábrica de automóviles Chrysler en esa área y tuvo que ser sedado para su captura e inmediato traslado a una zona forestal segura y lejana.
En el municipio de San Juan de Sabinas han constatado la presencia de tres ejemplares de oso negro, uno de los cuales pudo ser capturado sin necesidad de sedarlo puesto que el animal, muerto de hambre y de sed, entró de noche en la jaula-trampa que le habían preparado con alimento y agua en su interior.
Y más historias que no se han hecho públicas, más animales que murieron en el incendio, más ejemplares desaparecidos.
La buena noticia es que la mayoría de los habitantes de la región afectada han entendido la situación de hambre y necesidad que empuja a los osos hacia los valles y actúan de manera comprensiva y proteccionista hacia esa especie que forma parte de su tradición, de su mitología, de sus leyendas, de su mundo.
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