. "Si la abeja desapareciera de la superficie del planeta, al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida: sin abejas, no hay polinización, ni hierba, ni animales, ni hombres". Albert Einstein Cuando hablamos de especies amenazadas, de especies en peligro de extinción, parece que las más "mediáticas" sean aquellas con individuos grandes, bellos, poderosos. Aquellas que nos atraen por su estética inigualable, por sus cualidades innatas como la fuerza, la astucia, la rapidez, la elegancia...
Cuando hablamos de osos blancos, de osos malayos, de ballenas australes, de tigres de Bengala, de leopardos de las nieves, de pandas gigantes, de rinocerontes blancos, de orangutanes de Borneo, de gorilas de montaña, etc, nos conmovemos ante su fragilidad y nos disponemos a aportar nuestro granito de arena para conseguir que sigan entre nosotros, para evitar su extinción en este planeta que es de todos. Pero hay también otros animales que se extinguen, que viven el peligro de desaparecer, que están en riesgo... animales a los que por sus dimensiones o su menor afinidad con nosotros como especie no les damos tanta importancia, diríamos que casi los ignoramos. Entre ellos tenemos a los polinizadores, como las abejas. Estos insectos cumplen una función vital para la biodiversidad del planeta: son los encargados de transportar el polen que fecunda los óvulos de las flores. Son los responsables de la polinización que ha asegurado la reproducción de una parte importante de la flora del planeta durante millones de años. Las colmenas de abejas silvestres han polinizado bosques, montes, prados, selvas... Ellas han sido alimento de muchas otras especies y han proporcionado miel para los golosos del mundo. Desde la antigüedad el hombre domesticó también a las abejas. Explotó las colmenas y obtuvo cera y miel, jalea real y polen. Pero las abejas están desapareciendo. Uno de los motores de la vida empieza a fallar. Los científicos buscan causas: pesticidas, contaminación, ondas electromagnéticas, cambio climático, parásitos, hongos, reducción del número de flores, virus... Una de las causas está muy clara: el ácaro de la varroa, introducido por abejas asiáticas importadas al continente europeo, se ha convertido en un agente letal. Las colmenas domésticas pueden ser tratadas con productos fitosanitarios, pero las colmenas silvestres han ido sucumbiendo, sin capacidad para sobrevivir a esta amenaza para la que no estaban preparadas. Si en nuestros montes no hay abejas, no tendremos frutos silvestres que sirva de sustento a otras especies tan emblemáticas como el urogallo o el oso pardo. Pero también alimentan a otros muchos seres vivos que debemos conservar para mantener en perfecto equilibrio la balanza de la vida. Cada pieza que movemos en el tablero del planeta puede poner en jaque peones de otros lares, incapaces de reaccionar a tiempo antes de ser barridos del juego. Es necesario pensar en todas las formas de vida. Incluso en las más pequeñas e hipotéticamente insignificantes. Porque en esta cadena, todos los eslabones son vitales. Porque lo que le ocurra a las demás especies, acabará por ocurrirnos a nosotros. Aunque nos cueste creerlo, aunque nos creamos los reyes y miremos nuestros dominios desde una posición "superior", que nos sitúa hipotéticamente por encima del bien y del mal.
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