. El oso que fue encontrado muerto y sin cabeza, el pasado mes de abril, en el Parque Natural de Fuentes Carrionas, en Palencia, fue envenenado.
Según el informe toxicológico del Laboratorio Forense de Vida Silvestre de Madrid, el plantígrado murió por ingestión de Aldicarb. Este producto, la comercialización y el uso del cual está expresamente prohibida en la Unión Europea por la Directiva 79/409/CEE , es una de las formas más salvajes y crueles, indiscriminadas y abominables de matar fauna salvaje y/o doméstica y de introducir en el medio natural un tóxico letal para todos los integrantes de una cadena trófica. Un animal envenenado con Aldicarb muere por parálisis del sistema respiratorio, antes de morir vomita el contenido estomacal, convirtiéndose así en un vector de difusión del veneno en la naturaleza. Y su muerte es inevitable puesto que no hay ningún tratamiento ni antídoto para una intoxicación con este producto. A pesar de tener un Código Penal que tipifica como delito el uso de veneno o cualquier otro método de destrucción masiva de vida silvestre, y que el mismo Código Penal castiga con penas de entre 6 meses y 2 años de cárcel tal delito, el "envenenador" de fauna es una subespecie de bípedo que sigue presente en nuestros montes, en nuestros campos, en algunas urbanizaciones, en cualquier lugar donde crea que debe ejercer una función "exterminadora" y donde, la inmensa mayoría de veces actúa y "triunfa" impunemente.
Esta vez ha sido otro oso palentino, rincón de la geografía española altamente peligroso para vivir si perteneces a otra especie que no sea la humana; pero otras veces son alimoches, buitres, águilas, lobos, linces, zorros, gatos domésticos, perros... todos muertos por "obra y gracia" de los envenenadores. Pero estos envenenadores existen porque alguien sigue vendiendo Aldicarb para que descerebrados sin corazón lo compren y sigan sembrando muerte y dolor en nuestro medio natural. Son furtivos, lo hacen desde la clandestinidad, con intención manifiesta de matar, de hacer daño. Supongo que sus odios deben proyectarse hacia especies teóricamente "competidoras", pero la verdad es que una vez los cebos de la muerte se depositan en el medio natural, las víctimas son impredecibles. Confío en el buen hacer de los agentes forestales, de las patrullas del Seprona, en las organizaciones que trabajan en la protección de las especies y en los colectivos que luchan por erradicar de nuestro entorno esta plaga que son los envenenadores, crueles, cobardes y repudiables. Y confío en que mientras quede uno solo de estos especímenes humanos suelto, todo el peso de la ley caiga sobre él. Porque es lo justo. Porque es lo necesario.
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