GRUPPO DI RECERCA E CONSERVACIONE DELL'ORSO BRUNO DEL PARCO NATURALE ADAMELLO BRENTA
Centro Duplicazioni Provincia Autonoma di Trento - 2008
Estudi sobre la població d'óssos bruns a la província italiana del Trentino, l'únic racó dels Alps on encara perviu el plantígrad, protegit des del 1939.
L'estudi contempla l'evolució de la població, el nombre de femelles i el de naixements de cada any, les polítiques de prevenció de danys a diferents activitats econòmiques de la zona, abundants mapes on es pot seguir la distribució geogràfica de l'espècie i un apartat dedicat a la "Gestió d'emergències" on s'exposa el protocol d'actuació en cas d'intervenció per presència d'algun exemplar problemàtic.
Il•lustrat amb fotografies interessants, ofereix també un gran nombre de dades estadístiques i bibliografia abundant.
Monogràfic de divulgació centrat en la situació de l'ós bru a la Serralada Pirinenca.
Partint d'una exposició sobre la biologia de l'espècie i les seves relacions amb un territori cada vegada més antropitzat, l'autor dedica una part important del seu estudi a l'anàlisi de la conservació de l'ós bru als Pirineus i a valorar el relatiu fracàs dels intents de reintroducció de l'espècie, així com el rebuig d'una part de la població de muntanya.
Analitza els problemes de convivència de l'ós amb les activitats ramaderes i cinegètiques i obre un ventall de possibilitats futures per aconseguir una convivència entre els humans i els óssos, sense posar en risc la supervivència de l'espècie ni el desenvolupament social de la zona.
Una excel·lent guia de la vida en l'Àrtic, des de la definició del concepte Àrtic, passant per la geologia, el clima, la presència humana en la zona, els hàbitats àrtics, les adaptacions a la vida en el fred, la especiació i la biogeografia i la fragilitat de l'ecosistema àrtic.
Després de una magnífica introducció generalista, l'autor ens ofereix una exhaustiva guia, esplèndidament il·lustrada, de les aus i els mamífers -terrestres i marins- que viuen en l'Àrtic.
Imprescindible per a tothom que estigui interessat en l'extraordinari món de l'Àrtic.
Dan Wakeman és la persona que més i millor coneix els óssos de Khutzeymateen, una vall remota de la British Columbia, molt a prop de la frontera amb Alaska, que des del 1994 és un Grizzly Bear Sanctuary.
Dan és un dels dos guies amb llicència per operar en el fiord i en la vall i des de fa molts anys estudia, fotografia i coneix els gairebé 100 óssos que allà viuen.
De la seva experiència ha nascut aquest llibre, un recull d’històries, d’anècdotes, de treballs de camp amb el que ens apropa al meravellós món d’aquests animals que veuen com el seu hàbitat es va reduint sistemàticament i com són foragitats de territoris dels que fins no fa massa anys n’eren els reis.
L’autor, nascut a New Brunswick, ha dedicat la seva vida des del 1967 a fotografiar i estudiar els óssos d’Amèrica del Nord.
Cada dia camina entre cinc i deu quilòmetres a la recerca dels óssos, per estudiar-ne els comportaments i obtenir material gràfic amb què il·lustrar les presentacions que fa a les escoles canadenques sobre el món dels óssos i els comportaments que hem d’adoptar perquè les dues especies poguem conviure sense conflictes.
Les fotografies d’aquest llibre mostren escenes insòlites de la vida quotidiana dels óssos de costa i dels animals amb qui comparteixen territori.
Hace unas semanas surgió la ocasión de viajar a Marrakech y aunque en África ya no queda ningún rastro de los osos que vivieron ahí hasta la segunda mitad del siglo XIX, siempre es interesante conocer otros lugares, otros mundos.
Así que antes de la partida recuperé, de entre otras historias publicadas en la Enciclopedia delle specie estinte de David Day, la historia del desaparecido para siempre Oso pardo del Atlas.
Herodoto de Halicarnaso (484-425 a.C), el geógrafo e historiador griego autor de la primera gran descripción del mundo antiguo, hablaba ya en sus textos del “oso líbico”, una subespecie de oso que poblaba en aquellos tiempos todo el norte de África y extendía sus dominios hasta Asia Menor. También lo hicieron escritores del Imperio romano, como Virgilio, Juvenal y Marcial quien en su Liber spectaculorum relataba la construcción del Anfiteatro Flavio o Coliseo, y cómo en el año 61 a.C. se sacrificaron allí 100 osos mandados traer de Numidia por Lucio Domicio Ahenobarbo, cónsul y edil curul (encargado de organizar las fiestas en la arena), juntamente con leones del Atlas, también desaparecidos de la faz de la tierra en la actualidad.
Este oso africano vivió hace miles de años en el norte del continente, desde Túnez hasta Marruecos, sobre todo en la cordillera del Atlas. Ocupó extensos territorios cuando el paisaje era verde, con abundantes bosques de pinos y otras coníferas y cuando la población del Imperio romano debió ser de unos 88 millones de habitantes.
La deforestación implacable de extensísimos territorios para proveer de madera a los astilleros que construían las naves romanas y los imparables nuevos asentamientos de colonos que arrasaron los bosques para transformarlos en prados para la cría de ovejas y cabras acabaron por transformar una África verde en un desierto sin capacidad de regeneración que entró en una dinámica de degradación ambiental imparable. Las dunas se adueñaron del paisaje y la desertización empezó su trabajo.
Los osos del norte de África se retiraron a las montañas repitiendo la misma historia que en todo el planeta: los humanos se apropian de un lugar, lo arrasan y lo destruyen y la vida salvaje que se salva de sus acciones directas o indirectas y de la presión demográfica y territorial debe buscar un lugar donde sobrevivir, generalmente montañas remotas y momentáneamente solitarias.
Y eso fue lo que hicieron los osos africanos: refugiarse en la cordillera central del Atlas marroquí que se extiende hasta el sur del país y que tiene cumbres de hasta 3000 metros, con bosques de pinos, cedros y robles. Y también en los montes de la vecina Argelia.
Ahí resistieron con relativa tranquilidad hasta que llegaron los humanos con sus armas de fuego y la masacre continuó.
Las referencias de la presencia de los últimos osos del Atlas son dispersas y a veces poco contrastadas. Jean Louis Poiret, un naturalista y botánico francés del S.XVIII , refirió que un beduino le ofreció una piel fresca de oso cuando recogía muestras en el Atlas.
En 1830 el rey de Marruecos, que mantenía en cautividad un ejemplar de oso en su palacio, hizo capturar a otro animal vivo y lo cedió al zoo de Marsella.
Pero no será hasta 1841 que la comunidad científica aceptará la existencia de una subespecie de oso pardo del norte de África, cuando Crowther realizó un estudio científico de un ejemplar que había sido cazado a 40 km del Atlas y determinó que era diferente de los llamados osos sirios. Según sus palabras “ la hembra adulta es más pequeña que la hembra del oso negro americano, con la cara más corta y más ancha, aunque su morro es largo y los dedos de las patas y sus garras son muy cortos para tratarse de un oso, aunque éstas últimas son particularmente fuertes. El pelaje es negro o negro-castaño, con pelos de unos 10-13 cm, el vientre rojizo y el morro muy negro. En esta zona este oso es considerado una especie rara que se alimenta de raíces, bayas y fruta. No se avista con facilidad y todo el mundo afirma que es un tipo de oso muy diferente a los demás.” Fue en este momento y con estos datos que la Sociedad Zoológica de Londres catalogó científicamente al oso del Atlas como Ursus arctos crowtheri.
Hacia 1870, treinta años después, se le dio oficialmente por desaparecido.
En Marrakech no hay nada que recuerde a los osos del Atlas. Así como en otros lugares iconos, imágenes, totems, artesanía o toponimia nos refieren su presencia y/o ausencia, en esta capital tan cercana al Atlas, fundada en el siglo XI y que debió tener alguna relación con esta especie tan emblemática, no hay ni un solo indicio que sacuda la conciencia del viajero y que nos haga reflexionar sobre nuestro papel de meteorito implacable hacia las otras especies.
No he visitado el Atlas. Pero sé que de la antigua presencia del magnífico animal en estas tierras los únicos restos que se conservan son mosaicos romanos o fósiles encontrados en muchas cavernas de la región. Nada más, y nada menos.
Quizás en alguna de las historias que los contadores de cuentos de la plaza Jemaa el Fna relatan en voz alta se recuerde al bello animal. Quizás alguna de las piezas musicales que viajan por el aire acompañadas de sonidos de percusión cuenten alguna historia del oso del Atlas, pero creo que no.
El Ursus arctos crowtheri ya no tendrá una segunda oportunidad sobre la tierra. A las generaciones posteriores a su desaparición nos han robado la posibilidad de contemplar su belleza, su fuerza, su extraordinaria adaptación a un medio, su majestuosidad salvaje.
¡Ojalá las generaciones futuras no tengan que recordarnos como los causantes de más desapariciones, de más biocidios, de más extinciones!
Latitud 80ºN, la cornisa polar
Jueves, 10 de Julio de 2008 09:15
Hace 5 años pude viajar hasta el Océano Glaciar Ártico, latitud 80º, y maravillarme ante lo que era una inmensa extensión de hielo que nuestra vista no podía acabar de alcanzar. Íbamos en un rompehielos y aunque el objetivo del viaje era rodear las islas Savlabard y regresar a Longyearbean, en el punto de latitud 80 el imponente barco acorazado fue incapaz de romper la gruesa capa de hielo y tuvimos que dar marcha atrás sin poder cumplir la previsión.
Hi ha llocs que desperten en el viatger una atracció màgica, gairebé irracional, lligada a moments de la vida que s'amaguen en un racó de l'ànima i que de sobte, sense saber quin és el ressort que els empenta cap a fora, apareixen un dia de nou i et reclamen.
Això és el que em va succeir amb Irkutsk i el Llac Baikal, al sud de Sibèria. Sense saber-ho, Jules Verne i la seva novel·la Miquel Strogoff m'havien obert una porta a un món llunyà i fantàstic, amb la història plena d'aventures del viatge que duu el protagonista de Moscou a Irkutsk en 3 mesos i 20 dies.
Volia travessar els Urals, viatjar per les estepes siberianes, veure l'immens Ienissei, gaudir amb extensions sense fi de boscos... M'imaginava Irkutsk, l'elegant capital asiàtica, comparada en el seu moment amb París, plena d'història i d'exotisme, de cultura i de tradicions.
I m'atreia també la immensitat del llac Baikal, Patrimoni de la Humanitat, un autèntic museu de l'evolució.
I l'aventura de viatjar en el Transsiberià, el ferrocarril que fa el recorregut més llarg del món.