Óssos... Osos... Bears, per Rita Gómez

Libros recomendados

Viajes Sobre Osos Churchill 2008
Churchill 2008 PDF Imprimir E-mail
Sábado, 10 de Enero de 2009 19:59
Image
El viaje a Churchill de este año ha sido más tempranero que los años anteriores. He estado allí durante la primera quincena de octubre, recién estrenado el otoño, y esta anticipación me ha permitido conocer una tundra y un paisaje jamás vistos hasta entonces.

El viaje de ida y vuelta es el mismo, porque a Churchill sólo se puede acceder via aérea, desde Winnipeg -como he hecho siempre- o en tren, después de un largo viaje de casi dos días que alguna vez haré.



My heart lives in the north

My heart lives in the north
In the land of rock and ice
Where waves crash in along the shore
Beneath the northern lights.
Where skies are tinged with pink
Against trees silhouetted black
And the call of the land speaks to you
And beckons you come back.


My heart lives in the north
On the land where explorers trod
And with every whisper of the wind
I feel the breath of God.
Where inspiration comes
In the beauty of the land
And the north slips inside your soul
And holds you in it’s grasp.


My heart lives in the north
Next to the sapphire seas
Where pretensions slip away
In the harsh land of extremes.
Where the comfort zone is cold
And the land is free and wild
And I rest at night in dreamless sleep
With the contentment of a child.

Koral Carpentier


Image
Desde el avión he visto un paisaje totalmente diferente: las extensas llanuras cerealistas de Manitoba mostraban un aspecto seco e inhóspito, con los rastrojos tapizando los campos, mostrando una extensa gama de colores mágicos de otoño. Ocres, dorados, rojos, verdes decadentes... una especie de mosaico parecido a un tablero de ajedrez, sin ningún indicio de nieve o de hielo. Porque el otoño en la tundra es como el topacio, como la miel, como la paja secándose al sol, como los jacintos de río reflejados en aguas inquietas.

Incluso puedo ver, desde el avión, la imponente presencia del río Churchill que se precipita, caudaloso y veloz, hacia la  bahía, libre del hielo que aún no se ha empezado a formar.

Toda la ciudad me parece diferente. Me sorprende no ver las calles llenas de nieve, ni las motos de nieve deslizándose por la calzada de Kelsey Avenue, ni a la gente recubierta y protegida por la cálida ropa de abrigo tan necesaria en ese rincón del mundo.

ImageEs 12 de octubre y es aún temprano para encontrar el paisaje de nieve y hielo que antes he visto. Pero lo que de entrada podía parecer un Churchill “atípico”, donde mis osos blancos aún no son los protagonistas, es una gran ocasión para descubrir y conocer el Churchill histórico que hasta hoy no había podido contemplar.

El 13 de octubre, lunes, hacemos la primera salida a la tundra con el Tundra Buggy, a buscar luces, colores, agua, vegetación y vida animal... llegaremos hasta Gordon Point a la búsqueda de fotografías irrepetibles, de nuestros amigos de pelo y pluma que siguen viviendo ahí, sintiendo sobre sus existencias el paso de las estaciones.

Las piedras, tatuadas con líquenes centenarios, descansan sobre la arena de las playas, sobre los restos del inmenso glaciar que hace miles de años ya se fue fundiendo originando este paisaje espectacular.

Los árboles, sin nieve, siguen siendo pequeños, sinuosos, con troncos retorcidos y ramas orientadas hacia el mismo punto cardinal, modeladas por el viento helado del norte.

ImageY los osos, presentes en estas tierras desde la noche de los tiempos, mucho antes que los humanos, también están aquí. Destacan sobre el paisaje de tierra y piedras, oscurecido por las algas secas que se acumulan en los bordes de la bahía y se mueven con su caminar característico, balanceándose suavemente sobre sus poderosas patas, con su pelo transparente, suave, cálido y brillante al sol.

Empezamos a verlos: una osa con dos oseznos de poco más de 10 meses. Un macho que duerme entre unos arbustos que le proporcionan calor y refugio. Un oso a lo lejos que se desplaza sobre una lengua de arena y piedras.

La familia se acerca al buggy, que ya hace rato que ha parado el motor para no molestarlos, y nos observan, nos huelen, intentan tocar con sus zarpas, curiosos, las enormes ruedas del vehículo por si fueran comestibles, y poco después de van por un brazo de arena que hay entre dos lagos.

Toda la superficie de agua de la tundra está aún en estado líquido, los osos evitan mojarse y en esta época sólo se desplazan por los caminos de tierra y piedras.

Seguimos hasta la First Tower y el guía, Richard Day, nos muestra una madriguera de zorros árticos, nos habla sobre la gran potencia de las mareas en esta zona del continente, nos señala un oso, que a lo lejos se despereza como si acabara de despertarse de una larga siesta, y el paisaje cambiante cuando el agua se retira dejando al descubierto una playa repleta de piedras y rocas emergentes, algas, troncos aportados por corrientes marinas y restos de plásticos de origen humano que nos hacen reflexionar sobre nuestro papel destructor y contaminante para todos los ecosistemas, algunos tan frágiles como este.

Llegamos hasta la zona donde está instalado el Lodge, mi residencia ártica en las ocasiones anteriores, y me resulta raro verlo anclado sobre la tierra, sin nieve, sin gente. Los huéspedes de este año no llegarán hasta el 10 de noviembre, punto álgido de la temporada de migración de los osos hacia el hielo. Pero hay alguien dentro, son los encargados de ponerlo todo a punto, de preparar las instalaciones para que no falle ni falte nada dentro de un mes.

Puedo ver la ventana de mi box, el lugar desde donde he contemplado, muchas noches, temporales de nieve y viento, osos que deambulaban como fantasmas encantadores, zorros a la caza y captura de algún resto que echarse a la boca, auroras boreales… tantas y tantas noches privilegiadas, sabiéndome allí, en medio de la nada, acompañada por los animales más maravillosos del mundo.

ImageEl regreso a Churchill de hoy será en helicóptero. Esta mañana la niebla ha impedido que volaran pero esta tarde el cielo está claro y vienen a buscarnos.

A las 4 emprendemos el regreso. Me siento al lado del piloto, desde donde puedo gozar de una vista privilegiada.

El viaje dura una hora y el piloto nos aconseja que no malgastemos el viaje obsesionándonos en hacer fotos… Que lo disfrutemos y que nuestra memoria guardará las imágenes y los recuerdos. Decido seguir sus consejos.

Contemplamos los dibujos de la arena en la costa, del agua que va y viene, de los reflejos dorados en los lagos. Vemos algunos osos que descansan, duermen, corren no se sabe hacia dónde.... Y muchos, muchos mooses, los alces que tan esquivos han sido hasta este verano, que pude ver unos cuantos en lugares tan diferentes como Yellowstone, los Tetons o el Riding Mountain N.P. Algunos están en medio de los lagos, alimentándose de algas, con el agua hasta sus barrigas y mirándonos con ese aspecto tan divertido de protagonistas de historias de dibujos animados.

Vemos el lugar habilitado como base de lanzamiento de cohetes cuando Churchill era una base militar estratégica, en época de la guerra fría. Contemplamos un barco encallado en la bahía. Abandonado y oxidado, recortándose contra el horizonte como el espíritu de un ser misterioso, protagonista de una historia de aventuras; la desembocadura del río Churchill, la zona portuaria de la ciudad, los trenes que llevan el cereal desde el corazón del Canadá hasta el único puerto cerealista del Ártico…

Una hora después aterrizamos en el helipuerto y nos vamos a cenar.

ImageDurante toda la noche el viento sopla y sopla. Es un placer poderlo oir desde el calor y la seguridad de una cama de hotel.

El martes 14 de octubre nos llevan a conocer el Churchill desconocido: Cap Mery, la primera fortificación que se hizo en esta orilla del río para defender la propiedad de las tierras conquistadas; el obelisco que recuerda el trágico final de los daneses que pasaron allí el primer y último invierno de sus vidas en Canadá, incapaces de sobrevivir a las condiciones durísimas de la zona; el Fort Prince of Wales, construido por los ingleses al otro lado de la desembocadura… Todas estas visitas a pie, con el guía provisto de un rifle de seguridad y escudriñando la zona antes de permitirnos acercarnos a la costa, a las rocas, a los lugares susceptibles de ser zona de paso de los plantígrados.

Después vamos a visitar el Eskimo Museum, lleno de joyas de las culturas Inuit y Dorset. Y seguimos hacia la costa, por un camino que bordea la bahía de Churchill: el cementerio, el Boreal Gardens Research (una especie de invernadero que produce vegetales frescos para la población), enormes antenas receptoras…

Y empieza a nevar!

El viento levanta olas gigantescas en la bahía que azotan la costa. Y por primera vez en mi vida me acercaré a la orilla, tocaré el mar!

El guía lo hace antes, con el rifle, y cuando comprueba que todo está correcto nos autoriza a llegar hasta el agua. Me acerco, la toco, la huelo… el viento es muy fuerte y aumenta la sensación de frío. Caen copos de nieve y el paisaje empieza a cambiar. Se acerca la llegada del hielo… el momento que los osos podrán volver a comer después de muchos meses sin hacerlo.

ImageCojo arena y piedras de la costa. Son para mi colección y tienen una especial significación porque jamás pensé poder conseguirlas.

Seguimos bordeando la bahía y vemos los restos de un avión que se estrelló sobre las rocas en 1980, sin ninguna víctima. Llegamos al punto donde confluyen tres ecosistemas: el bosque boreal, la tundra y la costa y donde a lo largo de la historia se han encontrado tres etnias: los inuits, los atabascas y los crees, y donde se encuentran todas las especies animales: osos negros y blancos, zorros rojos y árticos, caribúes continentales e insulares… Un punto de gran riqueza natural.

El guía nos habla largo y tendido de la riqueza biológica de este lugar, de la gran importancia estratégica del enclave.

Y nos vamos, en el microbús, hacia el bosque. Otro lugar desconocido para mí.

Cuando nos adentramos en el entorno me sorprende la inmensa cantidad y variedad de setas y de frutos silvestres, bayas multicolores y sabrosas que nos invitan a probar.

Podemos observar la línea donde confluyen los dos tipos de bosque, las variedades de árboles: taiga y tundra; altos e imponentes unos, pequeños y forzados a adoptar formas imposibles por la acción del viento, los otros.

Deja de nevar y sale un sol tímido y frío.

ImageRegresamos a Churchill para comer y por la tarde vamos a visitar un centro de perros de nieve dirigido por Dave, un chico que participa en la Iditaroid y en otras competiciones parecidas. Estas razas de perros han sido los grandes aliados de las tribus del norte para sus desplazamientos, para buscar los recursos necesarios para su supervivencia, para mil cosas. El lugar está apartado de la ciudad para evitar que los ladridos y los aullidos continuos de los perros molesten a los vecinos de Churchill.

Después de conocer de cerca la etología de la especie y sus requerimientos alimentarios y veterinarios, nos llevan a dar una vuelta por el bosque en trineos de ruedas, porque aún no hay nieve. Es increíble la velocidad que pueden alcanzar estos animales!

Regresamos a Churchill cuando se pone el sol y hoy aprovechamos para comprar algún recuerdo. Después de la cena asistimos a una charla de los responsables de Parques del Canadá sobre los proyectos de conservación de especies amenazadas que se llevan a cabo por parte de la administración.

Por la noche nieva.

Y el 15 de octubre la llamada “capital mundial de los osos polares” empieza a mostrar una capa blanca sobre sus calles, sobre sus tejados. Las temperaturas bajan espectacularmente y nuestro “patrullar” por la tundra nos acerca a grupos de perdices árticas que mantienen aún su plumaje estival; a liebres blancas que resaltan sobre sus cobijos sin nieve, contrastando el blanco de su pelaje sobre el negro, a miles de pájaros insectívoros que preparan su viaje hacia el sur porque aquí ya no hay mosquitos de que alimentarse; armiños asustadizos e inquietos, zorros árticos que están a medio mudar el pelaje y osos. Osos blancos que van y vienen, que se mueven pacientemente por los caminos de tierra y arena y piedras esperando poder caminar muy pronto sobre la nieve amiga, sobre el hielo deseado. Soñando con esa bahía helada, ese sólido territorio de caza que les permita acceder a las focas y así poder aliviar un largo ayuno que dura más de cuatro meses ya.

Muchos osos tienen un excelente aspecto físico. Acumularon suficientes reservas para poder vivir de ellas durante todo este tiempo. Sin embargo, hay uno que personalmente me impacta. Está muy delgado, en la piel y los huesos. Es el que aparece en la primera foto del relato, y me preocupa que no le queden grasas para aguantar el mes que aún falta para poder volver a cazar y a comer.

No debería preocuparme. Los osos son animales muy resistentes, con una enorme fortaleza física y una gran capacidad de soportar las condiciones ambientales más duras y adversas del planeta. Pero no puedo alejar de mi mente una imagen que me impactó hace tiempo, viendo un documental sobre una familia de osos en Svalbard. Dos oseznos de dos años se separan antes del verano de su madre y se van a colonizar territorios lejanos. La hembra se equivoca y deambula todo el verano por un fiordo sin comida, sin recursos de que alimentarse. A finales de verano su aspecto es el de un cadáver viviente. La última imagen del animal, desesperada por encontrar algo para no morir de inanición es muy, muy triste. Y vuelve a mi memoria viendo a este oso blanco, que yace inmóvil sobre la tierra en un intento de reservar las pocas energías que le quedan el máximo tiempo posible.

ImageEs ley de vida, ya lo sé. En el Wapusk Nacional Park y en el área de Churchill hay muchas historias de vida y de muerte. Algún día las explicaré. Pero lo que más me duele es que seamos nosotros quienes estemos arrinconando a la vida salvaje del planeta en una calle sin salida, contra un precipicio al fondo del cual está la extinción.

Hace 20 años el hielo de la bahía se deshacía dos semanas más tarde que hoy y se congelaba dos semanas antes que hoy… esto significaba un mes más para poder alimentarse… Cada año, los osos regresan a tierra firme antes y el hielo se recupera después… y una especie dependiente de este hábitat paga un precio muy alto por estos cambios.

La próxima vez que vuelva a Churchill, quizás en el 2010, lo haré en noviembre. Añoro ver todos los osos congregándose en la zona de Cape Churchill, de Point Gordon, esperando la llegada del hielo, de la vida. Echo en falta sus volteretas sobre la nieve, sus juegos, sus largas caminatas cansinas, confundiéndose con el hielo.

Me gusta contemplarlos inmóviles sobre los primeros hielos, al lado de un agujero de respiración donde esperan, pacientes, que emerja alguna pobre foca que será su primera comida en muchos meses.

Me gusta dormir escuchando el batir de los vientos gélidos del norte sobre nuestro lodge, como lo sacuden cual hoja tierna de árbol suspendida de una rama. Y me encanta mirar por la ventana y ver, bajo la luz de la luna, toda la vida extraordinaria que hay en este lugar del mundo inhóspito y solitario.

Y quizás vuelva a ver a Dancer, el viejo macho que aún patrulla por la tundra, aunque Dennis ya no esté al frente de la webcam para contarnos como es de especial este oso fantástico.

Mientras llega este día, "my heart will live in the north, in the land of rock and ice, where waves crash in along the shore, beneath the northern lights".

 

Suscríbete a las novedades!

 

icona RSS via RSS

icona mail via email

 

  • An Image Slideshow
  • An Image Slideshow
  • An Image Slideshow
  • An Image Slideshow
  • An Image Slideshow
  • An Image Slideshow
  • An Image Slideshow
  • An Image Slideshow
  • An Image Slideshow

Visitas

mod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_counter
mod_vvisit_counterHoy170
mod_vvisit_counterEsta semana888
mod_vvisit_counterEste mes1984
Ulti Clocks content