Óssos... Osos... Bears, per Rita Gómez

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Viajes Sobre Osos Churchill 2004
Churchill 2004
Escrito por Rita   
Viernes, 25 de Enero de 2008 20:18
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ImageComo había decidido dos años antes, el 10 de noviembre del 2004 regresé a Manitoba, al Canadá. Era un jueves, 11 de noviembre, muy temprano,cuando un avión de la compañía Calm Air nos iba a llevar de nuevo a Churchill, al lugar donde los osos deambulan esperando que la bahía de Hudson se hiele y donde nosotros, amantes de los animales, fotógrafos aficionados, naturalistas militantes, artistas profesionales, biólogos y otras hierbas, nos disponíamos a compartir con ellos unos días llenos de magia y de aventura.

El avión se desliza por la pista y la azafata nos comunica la temperatura que nos espera: -17º C.

No importa. Vamos bien preparados para aguantar el frío, la nieve y el hielo. Y ahora, con 2 horas y 15' de vuelo, la mayoría de nosotros lo que hacemos es disfrutar del paisaje, escudriñar el horizonte tras los cristales de las ventanas ovaladas del bimotor y recordar el Churchill que quedó atrás.

Casi nada ha cambiado: un mosaico geométrico de plantaciones de cereal deja paso al paisaje de la tundra. Lagos helados, bosques acurrucados bajo la nieve… Y de repente, Churchill!

La vía del tren, el río del mismo nombre helándose, la pequeña localidad sólo comunicada por tren y avión asomando entre las nubes… y el aeropuerto.

Otra vez en el paraíso!

ImageEn esta ocasión he optado por un estancia de 8 días en el Tundra Buggy Lodge que Frontiers North situa en Cape Churchill y desde donde saldremos cada día "a patrullar" por la tundra, a disfrutar de la fauna, del paisaje, de las auroras boreales, del frío intenso, de la gente.

Somos 36 personas llegadas de todos los rincones del mundo. No nos conocemos y la mayoría viajamos solos, pero en la cena de presentación empezamos a confraternizar y en el avión casi todos ya sabemos quienes somos y de dónde venimos.

Al salir del aeropuerto, de nuevo en un antiguo autobús escolar reutilizado para transportar turistas ocasionales, recorremos otra vez los paisajes que ya empiezan a serme familiares: Correos, Kelsey Avenue, el Eskimo Museum, la iglesia anglicana…

De hecho Churchill es una localidad pequeña y con equipamientos concretos y bien localizados.

Paramos a tomar una sopa vegetal muy caliente y un sandwich también vegetal, con café americano muy humeante y calentito, antes de cambiar de medio de transporte y emprender camino hacia Point Gordon, hacia nuestro hogar ocasional.

Dejamos atrás la civilización y nos adentramos en la tundra helada. El sol se oculta tras unas nubes grises cargadas de nieve y el cielo y la tierra se confunden en un color indefinido. Empieza a nevar y el viento estrella contra los cristales los copos ligeros que se acumulan caprichosamente donde los torbellinos los llevan.

ImageTodo lo que nos rodea es un mosaico de árboles esqueléticos, bajitos, de troncos delgados y rectos y de ramas poco pobladas. Algunas piedras, manchadas de líquenes que parecen oxidados, se niegan a dormir bajo la nieve y asoman la nariz en medio de la alfombra blanca.

Alguna casa aisladísima y solitaria nos recuerda que estamos saliendo de la civilización, que nos estamos adentrando en el mundo helado de los osos polares… Y me encanta esa sensación!

Son las 4 de la tarde y está oscureciendo. Llegamos al Tundra Buggy Lodge y nos vamos acomodando en nuestro buck, un cómodo espacio equipado con una cama amplia, una estantería para tener a mano todo lo necesario, el material fotográfico, el portátil… y una ventana desde la que se ve la inmensa tundra helada y desde la que veré, espero, osos y zorros deambulando, de noche, por su mundo.

Dejamos las cosas más o menos organizadas y nos encontramos todos en uno de los vagones del buggy, destinado a sala de estar comunitaria y donde cada noche podremos asistir a charlas, pases de diapositivas, conciertos… Todo muy estudiado para entretener las horas antes de salir a fotografiar nuestros osos y para poder comentar después cómo ha ido el día.

Nos sirven un aperitivo exquisito, después vamos al vagón-comedor a cenar y regresamos con el café a la sala polivalente donde nos explican el funcionamiento de las instalaciones (absolutamente nada tiene que llegar al suelo, a la tundra… todo se recoge, se guarda en un camión especial y se traslada cada día al vertedero de Churchill), los grupos que a partir de mañana tendrán su Tundra Buggy pequeñito, para 10 personas, con su guía-conductor-amigo, las posibilidades de ver osos en esta zona y el traslado que haremos en tres o cuatro días a Cape Churchill, ya dentro del Wapusk Nacional Park, una de las áreas de cría de osos polares más importantes del mundo.

ImageNuestro guía será Kevin, un naturalista experto, gran conocedor de la zona, de los osos, de este mundo.

A las 10 nos vamos a dormir. Nos levantaremos temprano, para poder dedicar todas las horas de luz a observar la fauna de la zona, y para poder disfrutar de los maravillosos amaneceres de la tundra.

Me acuesto, cierro la luz y miro por la ventana. El ambiente interior es muy confortable. A fuera, el viento sigue soplando. No nieva. El cielo está nítido, cuajado de estrellas. Y un oso solitario decide echarse a dormir cerca de mi ventana. Un lujo inenarrable.

Cuando me despierto el sol empieza a teñir de rojo el cielo de la tundra.

Nos encontramos en el comedor y asistimos al espectáculo que nos regala un gran oso que se sacude la nieve que le cubre mientras se despereza lentamente. Seguramente está oliendo todos los aromas de manjares diversos de nuestro desayuno y empujado por el hambre se dirige al Lodge para intentar localizar la fuente de tanta tentación.

Se acerca a pocos metros de nosotros. Le hacemos cientos de fotos y él, bostezando, nos enseña una lengua larga y negra con la que lame el aire mientras mueve la cabeza de un lado a otro. Resignado a no obtener ni una migaja de pan, se va lentamente andando hacia la bahía, quizás hoy el hielo esté más sólido y pueda empezar su viaje hacia el norte.

Después de desayunar, los del Buggy 16, con Kevin al frente, nos vamos al muelle de proa y "embarcamos" en nuestro hogar rodante. Estaremos todo el día deambulando por la tundra con el único y fantástico objetivo de observar y fotografiar todo aquello que nos ha traído hasta aquí. De contemplar este mundo de hielo, silencio y soledad.

Entre las 10 personas que vamos en el Buggy 16, Amay, una doctora cubana que vive y trabaja en Zurich; Tom, un fotógrafo profesional suizo que vive en Alaska; Lisa, una profesora de inglés enamorada de los osos como yo, que ya ha venido dos veces anteriormente; John, un fantástico pintor de Montana, especialista en animales i JoAnne Simmerson, del Zoo de San Diego, especialista en osos polares y etóloga de grandísimo prestigio.

Empezamos a movernos y Kevin nos explica todo lo que le preguntamos sobre el origen glaciar de esta costa, sobre la fauna (vemos perdices nivales, un zorro de pelaje rojo y negro, liebres de pelo blanquísimo y orejas largas, largas…), la historia, los cambios que él ha vivido en la dinámica del hielo, en las poblaciones de osos del Wapusk Nacional Park.

Vamos viendo osos. Familias entrañables, mamás con sus pequeños oseznos que las siguen aferrándose a la seguridad que ellas les proporcionan; machos solitarios enormes; ejemplares jóvenes que matan el tiempo de espera jugando a pelearse; otros que dormitan sobre un lecho de nieve blanda. Cerca del hielo, algunos osos desentierran algas y se las comen; otros, a lo lejos, sospechan de la presencia de un respiradero por el que quizás salga una foca que les sirva de almuerzo y aguardan, inmóviles, que el milagro se produzca y puedan comer algo después de 4 meses de ayuno.

Mientras, el tiempo va cambiando y los colores del cielo, también.

ImageEn el Tundra Buggy comemos, tomamos bebidas calientes para entrar en calor después de salir a la parte posterior del vehículo, descubierta, para hacer las mejores fotos posibles, observamos con los prismáticos, nos acercamos a un ejemplar de abeto de más de cien años (Kevin dixit) al que los vientos de Churchill no han dejado crecer ramas más que hacia el sur, a unas torres de observación que se construyeron cuando Churchill fue un destacamento militar importante; a un puente de arena que nos lleva hasta la misma orilla de la Bahía de Churchill.

Todo es nuevo, interesante, bello.

Es un mundo mágico. Un mundo que lamentablemente está condenado a desaparecer.

A las 4 p.m. regresamos al campamento base. En el Lodge podemos ducharnos, ponernos cómodos, reconfortarnos con unos aperitivos calientes y una copa de vino blanco y esperar la hora de la cena viendo las fotos que Robert Taylor, el jefe de la expedición y conocido fotógrafo profesional, nos muestra en la pantalla de un ordenador a la vez que nos enseña cómo acabar de perfeccionarlas con el Photoshop.

Cenamos y la primera noche nos espera una charla audiovisual sobre Churchill, su historia y sus osos.Una buena manera de relajarnos antes de ir a dormir de nuevo con los osos patrullando sobre la nieve, bajo las estrellas.

Cada día nos ofrece cosas nuevas. Escenas tiernas, luces y colores insospechados, ventiscas y temperaturas gélidas, imágenes extraordinarias, sonidos inolvidables como el de un osezno llamando a su madre, como el de una madre enfrentándose a un macho que se acercaba demasiado a sus crías. Amigos especiales como Dancer, un enorme oso blanco a quien Dennis, el responsable de la webcam, conocía desde hacía muchos años ya. Anécdotas, buen ambiente, una gran paz espiritual y experiencias que llenaran la memoria de estos días de nuestras vidas.

Omito más detalles para no hacer este relato largo y cansino.

ImageAunque podría escribir páginas y páginas, el resumen más acertado es que los 8 días que estuvimos en el Tundra Buggy Lodge, tanto en Point Gordon como en Cape Churchill, fueron una experiencia única e inolvidable. Un mundo de sensaciones, de vivencias extraordinarias, de sueños mecidos por auroras boreales que aún hoy, cuando sopla el viento en mis ventanas, me transportan a ese mi mundo, mi paraíso, mi pedacito de planeta que he tenido la suerte de compartir, por unos días, con los animales más bellos del mundo: los osos polares.

El regreso a Winnipeg, a Europa, a mi casa, a la rutina de siempre, tuvo una música de fondo como compañía: "Nunca podré morirme, mi corazón no lo tengo aquí".”

Porque desde que subí al avión y dejé atrás los lagos helados, los abetos, el hielo, mi Churchill y mis osos, supe que iba a volver. De nuevo. Pronto.

'Perhaps the waves are saying: Remember your dreams. Remember your dreams. Remember your dreams'
Gregory Colbert,
'Ashes and Snow'


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