Nos saludamos afectuosamente y me presenta a algunas de las personas que vamos a compartir este noviembre aventura y experiencias.
Nos sentamos en la misma mesa una pareja del País Vasco, también fotógrafo profesional él, un médico madrileño que vive y trabaja en la Gran Bretaña desde hace muchos años y que se dedica a la fotografía en su tiempo libre, con gran éxito, y un matrimonio alemán, extraordinarias personas, Angsar y Ricky, científicos jubilados que cada año vienen a Churchill a ver a sus osos y con los que coincidí también en el 2004. Y Lisa, que repite también viaje.
La cena es muy agradable. Robert nos da toda la documentación, el plan de viaje, las actividades, y nos vamos a dormir porque a las 5:15 a.m. nos espera el desayuno y el vuelo hacia Churchill.
Es 11 de noviembre y una vez más tomamos un avión hacia Churchill. El paisaje es familiar. El día está hoy muy nublado y el viaje se vuelve oscuro y más triste.
Aterrizamos en el pequeño aeropuerto. Nos esperan Linda y Merwin, como siempre, y el mismo autobús amarillo y desvencijado de otros años, con el chofer, un inuit de cabellos largos y negros recogidos en una cola de caballo, que nos ayuda con los equipajes y nos lleva a dar una vuelta turística por la pequeña ciudad de Churchill.
La verdad es que no podemos disfrutar demasiado del tour porque está todo cerrado. Hoy, 11 de noviembre, en todo Canadá se celebra el Día del Recuerdo (The Remembrance Day), una jornada dedicada a honrar a los miles de hombres y mujeres canadienses que sacrificaron su vida por la libertad y la democracia, en las dos Guerras Mundiales, en la Guerra de Corea, en Afganistán y en misiones de paz de la ONU.
Todos llevan en la solapa una amapola roja con el corazón negro. Es un día muy celebrado y de gran solemnidad.
De manera que muy pronto Robert nos comunica que nos vamos ya hacia el Tundra Buggy Lodge, que de momento está situado en Point Gordon.
El viaje, en un vehículo diferente al bus escolar, es fantástico: nieve, viento, árboles, frío, hielo... La silueta del Churchill Northern Studies Centre, que siempre me ha recordado el Barikino de Dr.Zhivago, asoma entra la niebla y se recorta contra el cielo gris.
Una excelente noticia para los osos. Contra antes se hiele la bahía antes podrán volver a cazar focas. Hace tres o cuatro meses que casi no han comido. Los oseznos, alimentados por sus madres, tienen la comida garantizada. Pero las madres necesitan recuperar los quilos perdidos para poder continuar amamantando a sus pequeños.
Después de 2 horas de viaje llegamos al Lodge y ya tenemos los espacios asignados. Me toca el mismo box, al lado de la puerta, en la litera de arriba. En la de abajo, Lisa.

Vamos a cenar y todo está casi igual que hace dos años. Incluso los osos que patrullan por la tundra y que se acercan al buggy, atraídos por el olor de nuestra cena. Aunque, como decía Pablo Neruda,
"nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos".
Toda la noche hemos tenido un temporal de nieve y viento extraordinario. No sé a qué temperatura hemos llegado, pero a muchos grados bajo cero, seguro.
Cuando ha amainado, la luna creciente ha iluminado todo el paisaje y los osos parecían fantasmas o espíritus, protagonistas de cualquier leyenda romántica.
Es un verdadero privilegio poder estar aquí. Dormir aquí, en medio de la nada, tan lejos de todo, tan cerca de la naturaleza, de lo que es esencial.
A partir de aquí, los días han transcurrido aparentemente iguales pero absoluta y sustancialmente diferentes.
Mi Tundra Buggy es de nuevo el de Kevin, y entre las 9 personas que vamos a "patrullar" cada día por toda el área de Point Gordon, Miguel y Lisa.
Hemos permanecido los 7 días en la misma zona. No ha sido necesario cambiar todo el asentamiento de lugar ni dirigirnos a Cape Churchill porque hemos podido fotografiar decenas de osos. La dinámica del hielo, del agua y del viento ha hecho que todo el hielo nuevo se acumulara en esta zona de la Bahía de Churchill y que los osos, presintiendo que aquella era su puerta de escape hacia el norte, se han congregado aquí en número suficiente como para hacernos disfrutar muchísimo de su presencia y de sus largas idas y venidas sobre el hielo. De manera que hemos podido hacer muchas fotografías (en concreto, yo unas tres mil).
Y osos osos osos... solos o en grupitos; jugando a pelearse o dormitando junto al hielo; comiendo algunas algas para entretener el hambre u olfateando el aire en busca de algún lejano olor a foca; lejos o tan cerca que les podría acariciar la cabeza o el morro, si no fuera porque está absolutamente prohibido y porque el sentido común enseña que sería una temeridad de consecuencias imprevisibles hacer semejante demostración de afecto hacia un animal bellísimo pero salvaje; madres con una cría, con dos, o incluso con tres; osos con crótalos identificadores en las orejas y otros que aún no los llevan porque aún no han sido capturados por los biólogos del Wapusk National Park para su control. Osos desvergonzados y osos más tímidos. Osos...
Y con ellos una gran cantidad de fauna ártica: zorros blancos, rojos, perdices nivales, liebres árticas
Y también auroras boreales.
Uno de los placeres mayores del mundo, para mí, es poder ver desde la seguridad, la protección y el confort de mi cama en el Lodge este espectáculo impagable que son las auroras boreales. Aparecen en un momento, como quien no quiere la cosa. El cielo empieza a iluminarse de manera difusa hasta que la luz toma forma y se transforma en colores que bailan en el cielo una danza ancestral. Verdes o rojas, son magníficas.
En el 2004 tuvimos que salir a la dura intemperie de aquella noche de noviembre para poder fotografiar una aurora y recuerdo el frío calando mis huesos, congelándome las manos. Todos resistíamos intentando prolongar el instante, la belleza, pero el frío nos iba congelando, lentamente. Hasta que tuvimos que entrar y reaccionar al lado de la estufa, entrando de nuevo en calor.
Ver una aurora desde la cama es absolutamente diferente. Es un lujo.
Como lo es compartir experiencias con especialistas y profesionales como Daniel J. Cox, otro fotógrafo canadiense de fama mundial.

Y las tonalidades pastel del amanecer o los rojos del atardecer en la tundra. La luna que va creciendo, suspendida en un cielo estrellado como ninguno. Las mareas violentas de la Bahía de Churchill, capaces de romper y desordenar el hielo que el frío y el viento habían organizado junto a la orilla; los temporales de nieves y el silbar del viento sobre los cristales
Todo esto y más es mi mundo.
Todo esto y más es Churchill. Un paraíso amenazado. Un rincón del mundo condenado al cambio por culpa de todos nosotros, de esta especie destructora y depredadora.
Si miráseis a los ojos a un oso blanco, si tuvierais la suerte de poderlos ver a pocos centímetros, al alcance de la mano, os daríais cuenta de lo poderosos y frágiles que son. De lo salvajes y peligrosos que pueden ser, a la vez que son víctimas inocentes de nuestras acciones ignorantes o indiferentes.
No podemos permitir que los señores del Ártico, los verdaderos reyes del hielo, del frío, del silencio, de la soledad, desaparezcan.
Todos podemos poner nuestro granito de arena para conseguirlo. Sólo tenemos que proponérnoslo.
Si el hielo se derrite, ellos morirán.
Lo vamos a permitir?